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Bolivia, país “des-normalizado”

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Erick R. Torrico Villanueva*

21 de septiembre de 2026

Fuente: ANF

En los últimos años, Bolivia ha sido convertida de forma explícita en un pais "fuera de norma", al menos en dos sentidos: por una parte, sus actividades se desenvuelven en una anormalidad cotidiana y, por otra, las normas existentes son manipuladas por diversos poderosos, acomodadas a intereses particulares o simplemente desconocidas y desatendidas por unos y otros.

Lo primero quiere decir que prevalece lo anómalo, lo inhabitual, y paradójicamente resulta reconocido como válido; lo segundo significa que la vigencia del Estado de Derecho está cada vez más reducida a una mera y frágil simulación.

Ejemplo relevante de la situación anormal reinante es que la sociedad casi haya llegado a admitir la necesidad de tener que vivir bajo régimen de "estado de excepción" con la finalidad de que el desempeño diario de instituciones y personas no sea afectado en su regularidad por quienes se arrogan un "derecho" extraño, el de hacer la vida imposible a los demás como vía para alcanzar sus propósitos de grupo o corporativos. Y de igual modo lo es, como otro caso destacado de anormalidad, el hecho de que un prófugo de la justicia, que todos saben quién es y dónde está, desafíe pública y habitualmente a las autoridades sin consecuencia alguna.

A su vez, el plano de las ilegalidades puede ilustrarse en la política reciente con el rechazo, por parte de los perdidosos, de los resultados de un referendo constitucional que les fue desfavorable y que al final optaron por ignorar, o en el ámbito judicial con múltiples procesos que nunca avanzan o que, en otro extremo, más bien se cierran de manera acelerada, pero con fallos contrarios al mínimo aceptable que marcaría la rectitud.

Sin mucho esfuerzo se podría continuar engrosando la lista de circunstancias y prácticas aberrantes que aparecen naturalizadas en el día a día de la vida nacional, pero sin duda es más relevante poner el foco en el mal que en cada uno de sus ya incontables síntomas.

En la década de 1980, un análisis del periodista Raúl Rivadeneira había concluido con el señalamiento de que Bolivia era "un país en estado de emergencia permanente". Por ese mismo tiempo del retorno de la democracia, el diario católico "Presencia" publicaba en todas sus ediciones una "agenda" de paros, huelgas, bloqueos y otras medidas de reclamo, protesta o presión. Y puede decirse que esa condición y provisoria del país no se ha modificado, aunque tal vez sí, pero en dirección a su agudización.

Sin embargo, la recurrencia de las acciones y los discursos que impiden que un relativo sosiego se establezca en el ánimo colectivo por un lapso algo duradero representa solamente una de las facetas de la anormalización antes citada, pues, como también ya se mencionó, la otra es la que ha institucionalizado la vulneración de las reglas al punto de que en no pocos casos la sanción social recae sobre quien tiene el atrevimiento de cumplirlas.

Es a todas luces anormal e ilógico que los que propulsaron la retórica del "vivir bien" se hayan empeñado desde el ejercicio del poder —y lo sigan haciendo ahora desde el llano— en echar las bases para que justamente ocurra lo contrario. Y tiene la misma índole de incoherencia que quienes prometieron correctivos e inclusive un camino diferente no sepan cómo plasmar sus dichos en decisiones concretas.

Lamentablemente, viejos y nuevos acontecimientos confirman la "des-normalización" del país. Este forzado neologismo vale porque a un mismo tiempo ayuda a dar cuenta tanto de la expropiación de la normalidad que sufre la colectividad nacional, como de la dañina discrecionalidad con que son administrados los fundamentos que presuntamente ordenan su convivencia.

*El autor es especialista en comunicación y análisis político; también, vicepresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz

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