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La Masacre de Kuruyuki en tierra guaraní

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Diario El País, Tarija

A 120 años de la masacre de Kuruyuki (28 de enero de 1892), en la que murieron unos seis mil indígenas, los pueblos guaraníes siguen en la búsqueda de la "Tierra sin Mal" para preservar su identidad cultural, por lo que aprovechan la rememoración de esta fecha para consolidar su liberación de la semiesclavitud. Cada 28 de enero, en la comunidad de Kuruyuki (Santa Cruz), guaraníes de Bolivia, Argentina, Brasil y Paraguay se reúnen para recordar la lucha encabezada por Apiguaiqui Tumpa en contra de los terratenientes para defender a sus pueblos y a sus tierras, en la que murieron unos seis mil quereimbas (guerreros guaraníes).

 

El presidente de la Asamblea Legislativa Departamental, Justino Zambrana (representante guaraní), indicó que en esta fecha recuerdan los años de masacre de mujeres y niños, la pérdida de sus tierras, la humillación que sufrieron, además de la discriminación que también actualmente sufren en algunas ocasiones. "A partir del 1992 se busca la recuperación de los territorios, la identidad y el autoestima, sólo nos arrancaron las ramas pero hay raíces que están en flote y estamos construyendo esa planta que queremos", afirmó.

El coordinador de la Dirección Departamental de Pueblos Indígenas Originarios (Didepio), Gastón Crespo, recordó que los originarios sufrieron constantes agresiones, como cuando se fueron estableciendo las haciendas en el departamento de Tarija y la delimitación para la conformación de las provincias. "En ese entonces, el general Burdett O'Connor planteaba la extinción de los indígenas, por lo que esclavizó a los simbas, en las regiones de Concepción y Salinas. Esa provincia fue nominada con el nombre del general, como premio por haber sojuzgado y eliminado a cientos de indígenas y de la misma manera ocurrió con los pueblos toba y weenhayek, que fueron reducidos en la región del Algodonal, donde llevaron a los indígenas a un puesto militar y los fusilaron, esto ocurrió a finales del siglo XVIII", explicó.

Crespo señaló que ese 28 de enero de 1892 los pueblos indígenas se consolidan como nación. "Cada año, los pueblos de esta nación vuelven a reencontrase y a volver al inicio de la organización, ya que en Kuruyuki es en donde empezó a conformarse de nuevo la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG), a través del apoyo de los franciscanos", recordó.

Formas de sometimiento

Crespo indicó que los pueblos indígenas fueron víctimas de la esclavitud, sin embargo, dijo que actualmente existen casos de semiesclavitud en Tarija, Chuquisaca y Santa Cruz, más conocidas como las comunidades cautivas. "Se trata de comunidades enteras que son dependientes de un patrón y están dentro de una hacienda, ya que los indígenas no cuentan con tierras y, es más, las casas en donde viven no les pertenecen y se calculan que en el departamento existen alrededor de doce comunidades con esas características", manifestó.

En los años noventa, comenta Crespo, se pudo evidenciar que los indígenas de las comunidades cautivas trabajan sólo por alimentos, los mismos que eran servidos en un tronco partido a la mitad, sentados en el piso. "Muchos sacaban el pedazo de carne de la lagua y lo escondían en las ojotas", relató.

Otra forma de sometimiento es la conocida "deudita", en donde el trabajador le debía un monto de dinero al patrón, la misma que nunca podía terminar de pagar, muchas veces esa deuda era transferida de los padres a los hijos. "Este tipo de casos se han reducido aunque todavía son parte de la realidad", indicó.

Feriado nacional

Zambrana dijo que el 28 de enero debería ser una fecha histórica no sólo para el pueblo guaraní sino para todo el país, por lo que se trabaja, como Asamblea Departamental, de manera conjunta con asambleístas plurinacionales indígenas, para que el Gobierno pueda declarar feriado nacional, "al igual como se hizo con el 21 de junio, el Año Nuevo Aymara".

Antecedentes

La conquista karai (blanca-mestiza) de la Cordillera Chiriguana, se reinicia en 1840 después de la Guerra de la Independencia, con la ocupación de tierras para la crianza de ganado vacuno en territorio indígena. Se observan desde entonces serios conflictos entre guaraní-chiriguanos y ganaderos karai.

La ocupación de tierras de cultivo de maíz de las comunidades por parte de los colonos y sus ganados, provoca la reacción de los indígenas, quienes asaltan las haciendas quemando potreros, destruyendo cabañas y establos, y robando animales. Como respuesta, los karai protagonizan sanguinarias masacres —como la de Karitati en 1840—, donde mueren hombres, mujeres y niños de las comunidades.

Hartos de los abusos, distintas parcialidades chiriguanas deciden emprender una guerra para expulsar a los karai. Es la Guerra de 1874-75, que se inicia con una ola de asaltos a las haciendas, luego se protagonizan asaltos a las misiones y valerosas batallas como las de Igüembe. Pese a tantos esfuerzos y pérdidas humanas la derrota es inevitable para los indígenas., pero ésta no sería la última guerra que protagonizarían para expulsar a los karai.

La esperanza de la liberación guaraní-chiriguana

Apiaguaiqui fue hijo de una cuña y de un ava cualquiera, no se sabe nada de su padre, posiblemente fue muerto en la Guerra de 1874-75, como muchos ava que lucharon por expulsar a los karai hacendados del territorio ancestral indígena para liberarlo de las condiciones de opresión que trajeron estos.

Apiaguaiqui, era entonces un niño que apenas superaba los 10 años, cuando fue llevado por su madre de una aldea a otra buscando la triste subsistencia del indígena que es vencido. Por un tiempo, también sufrió las condiciones de servidumbre, primero ayudando a su madre, quien fue sirvienta en la casa de hacienda de José Manuel Sánchez, el más rico ganadero de la región de Yohay, luego como pastor de cabras en la hacienda del mismo karai. Allí sufrió el maltrato y vio cómo su gente era sometida a los crueles castigos del cepo de tortura y los latigazos.

Su valiente y joven madre, resignada por un tiempo al insulto y al acoso del patrón, no estaría dispuesta a brindarle una vida de esclavitud a Apiaguaiqui. Una noche su fuerza maternal le hizo huir de aquel infierno tomando a su hijo de la mano.

La Masacre de Murukuyati

Apiaguaiqui y su madre erraban entre las pobres aldeas indígenas y por fin se establecieron en Murukuyati, una pequeña aldea ubicada en la vertiente oriental del Aguaragüe, conformada por algunas familias chiriguanas que, expulsadas de su territorio por los hacendados, se habían establecido allí buscando tierras marginales donde sembrar su maíz y vivir en libertad.

La pequeña chacra comunal no abastecía lo suficiente, pero ahora los esfuerzos en trabajo era de todos y para todos, no así para un patrón que los humillaba y maltrataba.

Apiaguaiqui bailaba junto a los demás jóvenes hombres y mujeres, o jugaba el tradicional juego de pelota llamado tóki con los de su edad. Los más adultos, parlanchines y alegres, jugaban sus tradicionales juegos de azar como el tshúcareta.

Por las noches, todos se congregaban alrededor de los ancianos, los arakua iya (dueños del saber), quienes transmitían los valores ancestrales narrando la historia de los Tumpa, creadores de todos los seres, y de los Iya, sus dueños protectores, y la historia de los antepasados, brillantes mburuvicha (capitanes) y valientes quereimbas (guerreros) y sus victorias contra el cobarde karai durante la época de la colonia española.

Un día llegó a la aldea el oficial del ejército Eduardo Cuéllar, junto con cuatro soldados, enviado por don Pedro Zárate, poderoso hacendado y delegado del Gobierno para la distribución de tierras conquistadas a los indígenas. Éste tenía la orden de realizar trabajos de agrimensura e inspeccionar la calidad de la tierra. En ese afán, sin ningún respeto, estropeó los cultivos de maíz indígenas.

Curichama, mburuvicha de Murukuyati, lo hizo detener y desarmar, también a sus soldados, obligándolo a abandonar sus tierras. Cuéllar, sintiéndose humillado, fue con Zárate y no sólo le informó lo que había pasado sino que agregó que los de Murukuyati planeaban una rebelión de gran alcance contra los blancos.

Zárate organizó una expedición de castigo. Con varias decenas de soldados una noche, cuando todos dormían, atacó Murukuyati asesinando a balazos a hombres, mujeres y niños y quemando las cabañas. Sólo Apiaguaiqui y un ava que recién se había integrado a la aldea pudieron escapar en la oscuridad de la noche. Era el mes de noviembre de 1877.

Apiaguaiqui toma conciencia de libertad

Vagando por el bosque, dos sentimientos encontrados inquietaban al adolescente Apiaguaiqui. Su corazón le incitaba a vengar la muerte de su madre, pero matar a Zárate no cambiaría su situación ni la de los suyos. Por otro lado, su memoria lo empujaba a recordar las palabras de los ancianos de Murukuyati, ahora muertos. Entonces, quiso ser un guerrero, unificar a las comunidades libres, a los ava oprimidos de las haciendas y de las misiones y emprender una guerra para expulsar a los karai.

La escuela del joven líder

Encontró acogida en la aldea de Bororigua, asiento del mburuvicha guasu Machirope. Pronto se acercó a Machirope y ganó su confianza, a tal punto que se convirtió en su mensajero. Aprendió política asistiendo a las asambleas comunales e intercomunales, también conoció la cultura karai. Se informaba de lo que sucedía entre los karai y los indígenas llevando los mensajes de aquel mburuvicha guasu a otras aldeas. En esos trajines conoció a un viejo ipaye muy respetado llamado Güirarayu.

Los ipaye no sólo curaban las enfermedades y dolencias corporales; por su conocimiento del más allá profetizaban lo que iría a suceder en el futuro, por eso durante la guerra no se tomaba una decisión sin escucharlos.

Un día Apiaguaiqui agradecido se despidió de Machirope y se fue a vivir con Güirarayu, de quien se convirtió en su aprendiz. Pasaron los años y llegó a ser un excelente ipaye. Ahora se sentía preparado para convertirse en mucho más que un mburuvicha guasu (capitán grande).

El profeta se encamina

En 1889, Apiaguaiqui demostraba sus poderes curando las enfermedades y practicando la ventriloquia. Con esta última, hacía creer a sus seguidores que él tenía el poder de hacer hablar a los animales. Llamaba a todos a la unión para ponerse en pie de guerra.

La admiración de su gente creció a tal punto que recibió el nombre de Tumpa, es decir, espíritu grande que había bajado de entre las estrellas para liberar a su pueblo.

La Guerra de 1892

En grandes asambleas de las regiones del Pilcomayo-Sur, Cordillera Central, Kaipipendi-Yuty, Alto Parapetí, Parapetí-Charagua y otras, se decidió dar inicio a la guerra en los días de carnaval de 1892. Sin embargo, un suceso precipitó el inicio de la guerra. La noche vieja de 1891, el corregidor de Ñuumbyte (Cuevo) violó y asesinó a una jovencita chiriguana, pariente de Asukari de Ivo. La furia de los chiriguanos se vio llegar cuando el asesino no recibió ningún castigo por parte de las autoridades.

La guerra se dio inicio el 7 de enero con el ataque quereimba a una tropa dirigida por el teniente Sanz, quien fue sorprendido por una lluvia de flechas en la quebrada de Mandiyuti. Grupos de guerreros chiriguanos distribuidos por toda la Cordillera, asaltaron haciendas en la zona de Camiri y Lagunillas, en el Alto Parapetí incendiaron las casas de las familias Franco y Chávez, varias propiedades fueron tomadas en la Cordillera Central y en las cercanías de Ivo.

La movilización militar fue general en la Cordillera y en Santa Cruz. El coronel Mercado de Saipurú fortificó sus tropas con voluntarios de Gutiérrez y Charagua, y con 100 flecheros neófitos de las misiones del Gran Parapetí. El cuartel de Choreti fue reforzado con peones obligados por sus patrones a asistir a la guerra. En la ciudad de Santa Cruz el prefecto Gonzáles reclutó a 150 milicianos. El obispo Belisario Santiesteban en esta ciudad exigió rezar y realizar misas en todas las iglesias en contra de "los paganos", "indios infieles sublevados en la provincia Cordillera".

El 13 de enero se protagonizó una primera batalla en Kuruyuki. El coronel Frías de Sauces con un ejército nada uniforme de soldados, voluntarios y neófitos flecheros, enfrentó a los quereimba de Apiaguaiqui. Frías tuvo que emprender la retirada al verse incapaz de vencer a sus enemigos. Sufrió 3 muertos y 20 heridos.

La Batalla de Kuruyuki

A los pocos días el cuartel de Santa Rosa recibió refuerzos de Santa Cruz. El coronel Gonzáles tomó el mando de un ejército de 1.690 hombres, bien dotado de municiones y armas. Este ejército se encaminó a Kuruyuki.

Apiaguaiqui y sus quereimbas, pintados sus rostros de negro y rojo con plumas sobre la cabeza, la mayoría armados con arcos y flechas, y unos pocos con armas de fuego, esperaron a sus enemigos listos para la batalla.

La batalla se realizó el 28 de enero. Se dice que los chiriguanos lucharon con un valor sorprendente. Muchos caían muertos, pero esa no fue razón para que disminuyera la moral. Los gravemente heridos continuaban usando sus arcos y flechas sin importarles su estado fatal. Estaba claro que en la conciencia colectiva prevalecía el deseo de vivir en libertad o morir antes de volver a verse dominados por los karai. Sin embargo, la desventaja en armas, municiones y hombres era demasiado grande para ellos.

La tarde del 29 de marzo de 1892, en la plaza de Monteagudo donde se congregó a todo el pueblo, Apiaguaiqui fue sometido al tormentoso suplicio en la más dolorosa soledad, sin embargo, leal a sus ideales, soportó la humillación y el dolor, y no pidió perdón ni clemencia en ningún momento.

Extractado de: Apiaguaiqui Tumpa, la última esperanza de la liberación guaraní-chiriguana frente al Estado republicano colonial, escrito por Emilio Hurtado Guzmán.

 

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