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La humillación a los vencidos: método y práctica de los jerarcas

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A rajatabla

Yuri Aguilar Dávalos

El poder saborea su triunfo sobre los vencidos, humillándolos, pisoteándolos, degradando la dignidad de los derrotados; así lo hacen y lo hicieron los jerarcas, seguros de que gozan de un poder infinito y de que éste será eterno.

Los romanos, tras vencer a los que resistieron someterse, sean estos galos, judíos o esclavos rebeldes, los humillaban obligándoles a caminar entre multitudes que los insultaban y agredían, para luego ser ejecutados públicamente.

En el nombre de Cristo sufrieron la misma humillación muchos rebeldes antes de ser ejecutados: Juana de Arco o los superiores de la orden religiosa de los templarios o muchos acusados de brujería, entre otros. En la América colonial, las autoridades españolas sometieron a la deshonra a los líderes indígenas de la rebelión de 1781: Julián Apaza “Tupac Katari” tras ser traicionado por uno de sus lugartenientes, fue descuartizado en presencia de su esposa, Bartolina Sisa; luego ella, antes de ser ahorcada, fue obligada a caminar desnuda atada a la cola de un caballo… Y ni sus cuerpos sin vida fueron respetados, pues éstos, desmembrados, fueron exhibidos en distintos lugares públicos.

En la Francia revolucionaria, los enemigos eran paseados antes de que sus cabezas rodaran tras ser guillotinadas. En la Rusia de Stalin, sus enemigos fueron obligados a declararse culpables de ser “enemigos del pueblo” y sufrieron la muerte o prisión tras procesos amañados; no en vano Stalin dijo: “Elegir a las víctimas, preparar minuciosamente el plan, ejecutar una venganza implacable y luego acostarse… No hay nada más dulce en el mundo”, confesión hecha por el dictador a Lev Kamenev, cuando era su aliado contra Trotsky, alianza que no le sirvió pues luego cayó en desgracia, fue procesado y ejecutado durante la Gran Purga. En la Alemania de Hitler, los judíos fueron obligados a colocarse en el pecho la Estrella de David en los guetos y en los campos de exterminio.

En nuestra América la humillación también fue y sigue siendo método de los jerarcas vencedores. Recientemente el presidente venezolano y su esposa tras ser secuestrados de su país por fuerzas estadounidenses, fueron presentados, una y otra vez, a la opinión pública internacional, enmanillados, con los ojos y oídos neutralizados, asegurados y rodeados por agentes policiales, con ropas de presidiarios. Es público el trato inhumano que el exgobernante venezolano imprimió a sus opositores, con cárcel, torturas y violación a sus derechos y su dignidad; pero, ello no justifica aplaudir la humillación que hoy recibe ese tirano, como tampoco se justificará que sea humillado el poderoso de hoy, el que se cree monarca del mundo, cuando sea juzgado por las injusticias y abusos que comete.

En nuestro país, en los últimos 20 años gobernado por el partido gobernante Movimiento al Socialismo (MAS), vimos cómo el principal jerarca humilló a numerosos opositores, acusando a unos por supuestos casos de separatismo, terrorismo, con operativos donde se presume hubo ejecuciones extralegales; a otros los acusó de corrupción, de golpes de estado e incluso a un periodista le inculpó de espionaje y traición a la patria. Esperamos que este personaje, hoy refugiado en un territorio bajo su control, sea tratado con respeto cuando comparezca ante la justicia, no con el maltrato que él instruyó para sus opositores.

La humillación al vencido no puede justificarse, aunque el derrotado sea el peor criminal. Cuando humillan los gobernantes al vencido, asumen éstos similar actitud de los pandilleros frente a sus víctimas caídas, quienes indefensas en el suelo siguen recibiendo golpes y patadas de sus agresores. También es inadmisible que los vencedores se engañen con el cuerpo sin vida del vencido, exponiéndolo y sometiéndolos a más ultrajes.

Ensañarse con el derrotado, humillándolo y aprovechando de su indefensión, por más delincuente que sea, no es justificable; aplaudir ese proceder es inhumano,

Hay derrotados inocentes como también criminales, pero ninguno merece ultrajes que vulneren su dignidad, aunque éstos últimos hayan ultrajado antes a otros cuando tenían poder.

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