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¡Viva la Alasita!: ¿Quién dijo que todo está perdido?

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A rajatabla

Yuri Aguilar Dávalos

Llegó otro 24 de enero en La Paz, Alasita: la fiesta grande de la esperanza y de los deseos en miniaturas. La espera de las 12 del medio día es como si fuera un nuevo año, para muchos. Y en verdad lo es porque ni los yatiris (los verdaderos) quieren hacer la ch’alla de las miniaturas antes de que suenen las doce campanadas.

 

A partir de ese momento el ambiente se llena de una extraña energía de buenos deseos: este año encontraré a quién amar, quiero una wawita, busco un contrato de trabajo (mejor si es permanente), que no nos falten alimentos en mi familia, que este año compremos una casita (con buenos cimientos y con papeles en regla), que no nos falte salud, dinero ni amor, deseo un carrito, necesito una computadora, pretendo...

La población paceña ocupa plazas, calles, atrios de iglesias, aunque los sitios más tradicionales son la Plaza de San Francisco, la Plaza Murillo y el sitio definido de la feria: el antiguo parque de los monos, hoy Parque Central, en La Paz.

Este es el día en que se puede comer en las calzadas de las calles, donde se enseñorean los más típicos de la ciudad: el plato paceño (choclo, habas, papa y queso) y el chairo (sopa de chuño, papa, zanahoria picados, más arvejas, mote, charque). No falta en algunos sitios la Paceña, la clásica cerveza que ha traspasado las fronteras.

El regocijo y tumulto —donde se mezclan las clases sociales— declina después de dos horas, aunque la feria continúa por cuatro semanas más o cinco si la alargan por las lluvias y la poca venta, como argumentan año tras año los expositores.

Pero conforme van pasando los años así también se va perdiendo el trabajo de los artesanos. Con los avances tecnológicos, el escaneo, el fotoshop  y otros recursos, casi todo se copia y se lo miniaturiza.

Se han perdido muchas de sus características, pero sobre todo la feria se ha mercantilizado y, consecuentemente, se han industrializado los productos. Son poco los artesanos que producen, casi en serie y durante varios meses. Ahora, por ejemplo, las miniaturas de productos alimenticios, de limpieza o de lo que sea, están hechos en imprentas… es decir: la creatividad ha sido aplastada por la industria y el capital.

Ya no hay los antiguos billetitos de Alasita, con el dios Mercurio, el cuerno de la abundancia y la leyenda que identificaba al billete: Banco de la Fortuna o Banco de Alasita o Banco de la Buena Suerte. Ahora los billetitos son facsímiles de los que están en el mercado y los hay pequeñitos, desde los 2,5 cm, aunque no faltan billetes descomunales, especialmente dólares que no tienen nada que ver con esta fiesta de las miniaturas.

Tampoco hay los periodiquitos artesanales. A los periodistas de Alasitas los devoró la empresa con equipos modernos, con todo un cuerpo de periodistas que son conminados a escribir para esta fecha, aunque no tengan la chispa de la ironía. Antes los autores —si bien algunos ejercían el periodismo— eran osados ciudadanos anónimos que satirizaban a gobernantes, a poderosos, al ciudadano común, a las “buenas” costumbres. Esos periodiquitos estaban dirigidos o tenían entre sus redacores a El burro literato, don Casto Judex, Estéban Dido, y elegían nombres picarescos como El marigüí, El gualaycho macanudo, El gavilancito, La sanguijuela, La cholita malnatural, El tábano, El tío Viscacha, Quevedito, sin que falten los con tinte político, como el Banderita roja… Además, debajo del nombre del periodiquito se acostumbraba colocar un lema como el de La Tijera que decía: “Publicación cortante y peligrosa, que dice la verdad en verso y prosa” o el de El Chairito que sentenciaba: “Este diario se edita en los cielos, nunca tuvo talleres, no adula ni a Cristo y vivirá hasta mañana”.

Ojala algún año las autoridades edilicias comprendan que es necesario recuperar esa chispa del ciudadano y se incentive para que reaparezcan los verdaderos periodiquitos de Alasita, aunque seguramente los autores (por supuesto anónimos para evitar represalias, porque nunca tuvieron sindicato que los defienda), como antes buscarán una imprenta amiga, autofinanciarán su edición y se reirán de los jerarcas y sus policías que no pudieron apresarlos. A esos antiguos periodistas artesanales de Alasita no les interesaba ganar ningún premio, sino satirizar a los poderosos.

¿Quién dijo que todo está perdido?

Pero, no todo está perdido y hay algunos artesanos (cada vez menos) que intentan recuperar el espíritu de esa fiesta. Y entre estos está un grupo de compañeras de Cochabamba que decidieron recuperar el sentido de esta fiesta, que además de ser de la esperanza, de los deseos, es del intercambio (como antes se hacía), no de la venta, al menos así cuentan las crónicas: los productos en miniatura se intercambiaban con botones o piedras pequeñitas y vistosas; es decir, el afán de lucro no estaba en la Alasita

 Este grupo que participa durante diez años consecutivos, está motivado por Tere Alem que revalorizó la verdadera esencia de la Feria, desde la segunda mitad del los 80, sentido que va más allá de hacer realidad cosas materiales, es decir, que en sus trabajos, en su mayoría, están plasmados los deseos por alcanzar lo que no se ve ni se toca: cultivar el amor, respetar a la madre tierra, conservar la imaginación, reponer la energía…

 Pero, para evitar omisiones, mejor enumeramos, primero a las compañeras que vinieron con sus trabajos artesanales de la esperanza:

Cristina Alonso, trajo escobas para hacer volar la imaginación; Lucía Mayorga, llegó con wawitas para los que quieran tenerlas; Michelle Dechelette, parejas que cultivan su amor y libritos para seguir aprendiendo lo que nos da la vida; Tere, cajitas con “bichis” quita penas, libretitas de anotes, bolsitas con flores que dan aroma a la vida, libritos sobre la Puya Titanka (Puya Raymondi) con la historia de su energía, de vivir y morir eternamente…

Pero, como no todo el grupo vino a La Paz,  enviaron sus trabajos, Paola Selaya, que hizo besitos para que no falte cariño y boquitas dulces, los que hay que regarlos para que crezcan; Paula Luján, tréboles de la abundancia, libretas de la suerte y baños de flores para reposición de energía; Roxana Pozo, ollitas de la abundancia, para tener lo que deseamos sin perder la relación con la madre tierra; Paty Vargas, pancitos de harinas integrales y de semillas para que no falten en la mesa; Sebastián y Darko, camisas, para ser dueños de nuestra presencia, cambiar de look o afirmar el que nos gusta.

Las integrantes del grupo también trajeron frasquitos con flores para baños de buena salud o con semillas para seguir sembrando, a pesar de todo; bolsitas para llevar buenas energías y pensamientos positivos.

Y como en otros años, todo se intercambió con billetitos de Alasita: esperanza con esperanza, deseo con deseo. Ese es el verdadero espíritu de esta fiesta que se la hace en todo el país, porque la esperanza por mejores días sigue viviendo.

Luego los billetitos juntados en un fondo común, la “ganancia”, los distribuyeron en Cochabamba, igualitariamente entre todos.

Pero, las personas de este grupo que no pudieron llegar a La Paz, se fueron con sus productos a la puerta de la Iglesia de San Antonio en Cochabamba. Allí a las 12 del medio día del mismo 24 de enero, intercambiaron sus productos con las comerciantes paceñas que hacen su Alasita ahí, las que recibieron con mucho humor los trabajos. Aunque, según nos cuentan, el sentido que allí le dan a la fiesta es más comercial y su objetivo es "pagar deudas" y hacer que entre ekekos se conozcan… De ese modo, dicen ellas, “ya tenemos dos espacios de intercambios dentro de este mundo mercantilista tan lleno de ‘deudas’”.

Y ya al fin de esta fiesta, deseamos que el año próximo estemos el 24 de enero al medio día en el puente de la Avenida del Ejército, quizás con un periodiquito artesanal y picante, como los que hubo antes.

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