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Octubre de 2003 y el proceso de cambio

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Por: Carlos Nuñez del Prado*

¿Es el proletariado la vanguardia del pueblo? Es la pregunta que algunos se hacen. En otras cabezas incluso pasa la idea de que ya casi no existen proletarios en Bolivia a partir de 1985, cuando se impuso el neoliberalismo y la clase obrera quedó disminuida a casi nada.

Hagamos un repaso. En el periodo neoliberal, en la producción minera se dibujaron las cooperativas que depredan los recursos naturales y sobreexplotan a los trabajadores sin ninguna seguridad social. Los sindicatos ya casi no existen y los beneficios laborales son restringidos a los pocos que aportan.

La maquinaria de esa enorme corporación minera que tuvo Bolivia fue disminuida a un pequeño grupo de trabajadores que, aparentemente, no tiene peso social.

Todo esto es parte de la desestructuración del Estado. Se vendió todo el aparato estatal a precios de vergüenza, Bolivia entera se subastó. Se destruyó casi todo lo poco que tenía este país lleno de corrupción. Según los gobernantes de ese tiempo, Bolivia es un país no viable. Lo saquearon tanto que —según ellos— era preferible regalarlo, pues creían que éramos un país ingobernable con un pueblo ignorante.

Octubre descubre la realidad

Cuando los movimientos sociales rebasan sus reivindicaciones sectoriales y asumen consignas nacionales, asumen posiciones revolucionarias. Claro, siempre y cuando estén desprendidas de intereses personales o ambiciones de un solo sector.

Esto es lo que pasó en octubre de 2003. La Federación de Juntas Vecinales de El Alto se movilizó por reivindicaciones propias de sus características; sin embargo, a partir de ello se generó un movimiento espontáneo que fue creciendo. A cada momento se iba descubriendo la madurez de una clase social que fue tomando conciencia de su rol protagónico.

Ése fue (es) el proletariado de El Alto. Sí, ese atomizado proletariado incrustado en miles de pequeños talleres, donde muchas veces son dos o tres los obreros que trabajan en las pequeñas fábricas junto a sus jefes o patrones.

Éstos tienen su fuerza de trabajo como único elemento para vender, mientras los otros, los dueños o jefes, ostentan los medios de producción, la plusvalía se queda con ellos y con los obreros sólo el salario.

Sin mayores beneficios, sin aportes para el seguro social, sin derecho a sindicalizarse. Sin ningún tipo de protección que pudiera parecerse a la situación de aquellos que otrora se encontraban en las minas estatales o en las fabricas grandes.

Estos trabajadores proletarios son los que, sin dirección, se movilizaron en la llamada Guerra del Gas, cuando se produjo la masacre del Ejército frente a un pueblo desarmado. Es esta clase obrera la que asume la lucha, no desde las minas, sino más bien desde los rincones de esta ciudad llena de microempresas, llena de talleres pequeños. Éstos son los que asumen la lucha.

No debemos olvidar que muchos mineros, al ser relocalizados, llegaron a esta ciudad para vivir y también para transmitir su experiencia política. Es así como la clase en sí se convirtió en clase para sí, es decir, que asumió las reivindicaciones nacionales dejando de lado su bagaje individual. Ésta fue la realidad de ese momento.

Ésta es, en definitiva, la lucha de clases, donde claramente podemos ver cómo se enfrentan los intereses de clase. Aquellos que son dueños de los medios de producción tienen una conciencia limitada a los de su clase. Éstos apenas pueden llegar a ser nacionalistas, en otras palabras, ser burgueses progresistas.

Los proletarios tienen una visión mucho más profunda, no depende de raza, color, ni siquiera el nivel económico en el que se desenvuelven. Solamente el hecho de que uno es sólo dueño de su fuerza de trabajo, sin otra ambición, otorga la base de la conciencia proletaria.

Con la participación en la lucha y con el estudio ésta se convertirá en clase para sí y es en este momento que se asumen las posiciones revolucionarias. Sólo cuando se alcanza el grado de revolucionario uno se puede transformar en hombre nuevo, o emprender el camino a esta transformación, desprendido de todo egoísmo, mezquindad y al ponerse al servicio del pueblo.

Ésta es la verdadera clase revolucionaria, la única que por sus características puede llevar adelante y vanguardizar una revolución. No es que el hombre de campo esté excluido, pero por sus características económicas tiene algunas limitaciones que deberán ser superadas con la conciencia y la conducción revolucionaria del proletario.

En el caso de Bolivia, cuyo proceso actual está liderado por los hombres del campo, se hace imperioso que la participación proletaria ponga el sello revolucionario. Este proceso requiere un urgente giro para no convertirse en sólo una caricatura de revolución. Si no contamos con los proletarios, el avance de la revolución será imposible.

Todos o la mayoría de los errores cometidos hasta hoy son producto de una visión mezquina y retrógrada ya que no se cuenta con una visión estratégica propia de la clase obrera que hoy está aislada del proceso.

Se hace imperioso un giro, no solamente en la incorporación de la clase revolucionaria, también una definición ideológica que sea la línea conductora para que los problemas se resuelvan con criterio y de forma definitivamente revolucionaria. Con criterio de clase, con carácter estratégico y de largo alcance.

A esos proletarios, héroes de la Guerra del Gas, debemos hacer un llamado para que transmitan su experiencia, y conducir así a la juventud en el largo camino de la revolución. Para que las futuras generaciones continúen el camino revolucionario con ética, mística y sobre todo conciencia revolucionaria. Sin prebendalismos y fuera de todo egoísmo.

*El autor es militante del Ejército de Liberación Nacional

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