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Francisco

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Alcides Parejas Moreno

En la noche del domingo pasado vi, de pura casualidad en el canal católico, la misa dominical que el Papa Francisco había celebrado en una pequeña parroquia en Ciudad del Vaticano. Fue mi encuentro con el nuevo Papa, el hombre y el sacerdote: las dos caras de una misma moneda. Quedé realmente impactado, en primer lugar por su recogimiento discreto y profundo durante toda la celebración; en segundo lugar, por la sencillez, profundidad y brevedad de su homilía, en la que se veía al pastor que está cerca, muy cerca de su rebaño, que conoce a sus ovejas y que las ovejas lo conocen a él (“Dios no se cansa de perdonar —dijo—, pero nosotros a veces nos cansamos de pedir perdón); en tercer lugar por su maravillosa espontaneidad que lo llevó a la puerta de la pequeña iglesia de Santa Ana para saludar a todos y cada uno de los feligreses que habían asistido a la misa; en cuarto lugar, porque para cada uno de ellos tuvo palabras y miradas llenas de cariño y a todos les pedía que recen por él; finalmente, porque tuvo el detalle de ir hasta donde la gente se agolpaba (no quería defraudar a los que habían estado esperando tanto tiempo para verlo) y saludarla, aunque eso provocó un verdadero zafarrancho entre la gente de seguridad. Y seguí pegado al televisor, hasta que pasaron el Ángelus. Me sentí parte de esa multitud de alrededor de 300.000 personas que se agolpaban para ver y vitorear al Papa y me sentí despedido por alguien muy cercano a mí: “Buen domingo; buen almuerzo”.

Desde la renuncia de Benedicto XVI me he sentido permanentemente agredido por la enorme cantidad de artículos, reportajes, entrevistas, etc. que se han hecho en torno al Papa renunciante, al futuro Papa y a la Iglesia católica. Todos han opinado del asunto, pero casi todos —con muy honrosas excepciones— no sabían de lo que estaban hablando; simplemente repetían lo que dicen algunos opinólogos internacionales y de prestigio o simplemente se limitaban a recoger cosas de Internet. Creo que esta ha sido una temporada muy dura para todos los católicos por la cantidad de estupideces que se han dicho y se siguen diciendo. Pero, aunque parezca paradójico, creo que esto ha servido para reafirmarnos en nuestra fe.

Unos minutos después que se anunció que el Cardenal Jorge Mario Bergoglio había sido elegido como Sumo Pontífice, reconfirmé mi fe; una vez más creí firmemente que en la elección del Papa interviene directamente el Espíritu Santo. Y lo digo sin ningún rubor, porque soy un católico practicante que cree en la Santa Madre Iglesia, a pesar de los pesares. Me preguntó mi hija menor por qué decía que me reconfirmaba la fe. Muy sencillo, le contesté; porque el Espíritu Santo no tuvo en cuenta que tal vez hubiera sido más “político” tener un Papa latinoamericano de Brasil o México; no pensó que al Cardenal Bergoglio lo iban a apabullar por su “pasado oscuro”; porque el nuevo Papa tiene 76 años y le falta parte de un pulmón…

Finalmente me ha encantado el nombre que ha tomado el nuevo Papa, por todo lo que evocan las figuras de San Francisco de Asís (la pobreza digna y limpia, así como el anuncio del renacimiento) y San Francisco Javier (el apostolado más allá de los límites).

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