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No te has ido hijito, Ricardito querido

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(Yuri) Gonzalo J. Aguilar Dávalos

La Paz, 14 de septiembre de 2021

No te has ido hijito, Ricardito querido. Tu paso, tus huellas viven y sobre todo tu pluma está presente; no pudieron callarla los maestros de la falacia ni con amenazas de treinta años de cárcel. Tu pluma seguirá martillando a los impostores.

Te veo entrando sereno a la Fiscalía acusado por una inventada revelación de secretos de estado, de traición a la patria; te veo sereno, mirando de frente a los que vendieron sus conciencias y sus escritos por adular al poder.

Hijito querido, te veo jugando de niño; te veo creciendo y compartiendo soles y lunas con todos nosotros; te veo entrando a nuestro departamento, muchas veces apurado porque tenías compromisos que cumplir; te veo feliz, serio, preocupado, argumentando tu posición con pruebas porque siempre actuabas con honestidad y con la verdad; te veo firme y desoyendo acusaciones necias, como muchos de nosotros; te veo defendiendo los derechos humanos, los derechos ciudadanos y me siento orgulloso y digno teniéndote cerca; te veo compartiendo una lucha que no se doblegará por amenazas ni mentiras, ni por el matonaje de pandillas obsecuentes.

Quisiera decirte mucho más, pero por ahora me basta repetir estos versos de Miguel Hernández (1910-1942), poeta y combatiente asesinado por otra dictadura fascista, por defender la vida, versos que estoy seguro están dichas por ti, por ti Ricardito, hijo querido.

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.

Para la libertad, mis ojos y mis manos,

como un árbol carnal, generoso y cautivo,

doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones

que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,

y entro en los hospitales, y entro en los algodones

como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos

de los que han revolcado su estatua por el lodo.

Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,

de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,

ella pondrá dos piedras de futura mirada

y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan

en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño

reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.

Porque soy como el árbol talado, que retoño:

porque aún tengo la vida.

¡Viva Ricardo!

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