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Cultura

El soldador

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la paz

Ha ganado fama casi legendaria por su habilidad…

El soldador es un hombre sufrido, muy humilde y, por idéntica razón, muy soberbio. Pues una vez que ha soldado una olla, por ejemplo, si por ventura se negaran a pagarle el precio convenido, no tendrá el menor inconveniente en desoldarla, sin importarle en absoluto la pérdida que ello pudiera significar en su ya desmedrada economía.

Recorriendo las calles con el brasero y con la bolsa de herramientas a cuestas, y ofreciendo sus servicios de casa en casa, el soldador anuncia su presencia con broncos y prolongados gritos. El carbón y el ácido muriático, el estaño y unos cuantos pedazos de lata, son los solos materiales con que trabaja, utilizando herramientas de lo más rudimentarias.

Para el soldador, desabollar y poner como nueva una cafetera, a la que le faltan el cernidor y el pico, es juego de niños, como lo es substituir el viejo fondo de un balde, o reconstruir una jaula de pájaros, o reparar una caldera en ruinas, o hacer de una cacerola un irrigador. Para el soldador no hay nada imposible; esto es, siempre que el artefacto resulte susceptible de soldarse con estaño.

Si el soldador ha ganado fama casi legendaria por su habilidad, bien merecido lo tiene, dados los milagros que realiza para arreglar los cachivaches que le dan, las más de las veces prácticamente inservibles, saliendo siempre airoso a plan de paciencia y de buena voluntad, aguijoneado por el amor propio y poniendo en juego todos sus recursos, desplegando muchas veces desesperados esfuerzos —y así se gana la vida.

Es hombre fuerte y valeroso: masca coca y come poco.

Tomado de: Jaime Saenz. Imágenes paceñas: lugares y personas de la ciudad. La Paz, Difusión, 1979. p.150-151

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