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Eustaquio Méndez Arenas

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Luz Aparicio de Fuentes

Si volcamos la memoria hacia los tiempos llenos de coraje de la Guerra Libertaria, una figura surge intacta: la de don Eustaquio Méndez Arenas. Este es el hombre a quien nos enseñaron a amar no sólo por habernos legado la libertad, sino por su vida llena de honestidad y de respeto por la condición humana.

Los sanlorenceños lo imaginamos de niño recorriendo —junto a sus padres— las haciendas familiares de Criba, El sal, Carachimayo, León Cancha, Churqui Huayco…
Lo imaginamos de joven amansando los potros cerriles en los campos de la Calama. Fue allá donde quedó enterrada su mano derecha como un despojo trágico. Qué inmenso habrá sido su dolor y qué grande su hombría para enfrentar este hecho que lo marcó para siempre.

Lo vemos gallardo, con los ojos esmeraldinos “hualaichando” con cuanta jovencita florecía en el valle. Lo encontramos perdidamente enamorado, primero de María Salomé Ibárbol y después —hombre maduro y viudo— de María Estefanía Rojas. Con ellas se realizó como hombre y como padre. Dio a la patria 15 hijos.

La gente de San Lorenzo lo sabemos valiente, entrando en las contiendas con su machete en alto, con el pecho abierto, sembrando terror al enemigo.

Así ocurrió en Chocloca la vez que llevaba mulas como contribución tarijeña al ejército del General Güemes. Luego de la batalla El Moto perdonó la vida a los vencidos.

En Canasmoro y Pilaya El Moto conoció el dolor de la derrota. Después de tales hechos, quedaron sembrados los cuerpos sin vida de tantos paisanos que lo seguían en sus afanes de libertad.

En los dos cercos a Tarija El Moto venció con alta dignidad al Virrey La Serna obligándolo a comprometerse en conseguir que La Corona anule los tributos que los campesinos chapacos pagaban al Rey de España.

En esa ocasión se hizo patente la limpieza de su espíritu cuando rechazó con energía el oro que le ofrecieron los españoles como precio de su traición.

Lo imaginamos empujando a los alzados altoperuanos para entrar sin miedo en las batallas de Salta y Tucumán.

Recordamos que combatió al feroz Lavín en Guerrahuaico. Después de la contienda, en una demostración de su brutalidad, cercenó las cabezas de los patriotas que quedaron desparramados en el campo de muerte. Lavín no tuvo piedad por el vencido pues, horas después, se paseó por las calles del pueblo de Tarija llevando en las ancas de su bestia, los trofeos de espanto.

¡Oh, Lavín, Lavín! —decía entonces El Moto— ¡Cuánto odio empozado en tu alma y tanto deseo de una vida llena de libertad, en la nuestra!

Nunca su espíritu guerrillero se arredró ante los infortunios. Él salía más fuerte y tenaz de los infortunios. Eustaquio Méndez tenía que vencer o morir combatiendo... Ese era su lema. No le importaba la vida si perdiéndola, lograba que estos pueblos de América se vean libres de la férula extranjera.

El Moto tuvo muchos triunfos más: Las Lomitas de San Lorenzo, el cerco del pueblo de San Lorenzo, en la gloria de La Tablada…

Cuando por fin la patria alcanzó la libertad definitiva se retiró a trabajar en sus haciendas devastadas, en sus tierras quemadas.

Se fue sin pedir ningún reconocimiento.

Cuando una bala asesina terminó con su vida, nos dejó la espada que le mandara el General Belgrano por sus servicios a la emancipación americana. Nos dejó su poncho que cortara tantos vientos y tormentas cuando a la cabeza de sus montoneros, trotaba por sendas y breñales, buscando a la patria. 

Y de él heredamos la certidumbre de que nuestro destino es ser libres por siempre.

Tarija, 13 abril de 2014

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