cabecera aqui blog

Lucha y desaparición de un dirigente minero: Isaac Camacho

AddThis Social Bookmark Button

Víctor Montoya

ISAAC CAMACHO Era un mestizo de buen parecer; tenía estatura regular, fisonomía delgada, cabellera tendida hacia atrás, bigotes finos, ojos pardos y mirada escudriñadora. Si observamos esta fotografía, tomada en un estudio para un documento de identidad, lo primero que resalta es el brillo de sus ojos, como si quisiera comunicarnos algo a través de la cámara fotográfica.


 

Nació en la población minera de Llallagua y estudió en el Instituto Americano de la ciudad de La Paz, hasta que un día, por esas extrañas casualidades del destino, se le atravesó en su vida la magnetizante personalidad de César Lora, quien lo ganó a las filas del porismo y lo devolvió a las minas de Siglo XX, donde fue contratado para trabajar en la mortífera sección Block-caving, negándose a sacar ventajas de su bagaje cultural.

Con el paso del tiempo, estimulado por las lecturas de los clásicos del marxismo y la férrea disciplina partidaria, se trocó en luchador indomable, en ejemplar militante revolucionario y en legítimo portavoz de los sin voz. Demostró gran capacidad en la tarea de aglutinar simpatizantes y acabó siendo uno de los cuadros visibles del movimiento sindical minero.

Isaac Camacho correspondía a esa categoría de hombres de espíritu rebelde, capaz de batirse, palabra a palabra y mano a mano, con los adversarios de las ideas revolucionarias, que él las consideraba suyas por estar entroncadas en la realidad de sus compañeros de clase, de esos mineros que arrojaban sus pulmones en los tenebrosos socavones.

Este militante obrero sufrió la persecución, estuvo preso en Alto Madidi y en el Panóptico de San Pedro, de donde fue liberado por una fuerte presión popular. A su retorno a Siglo XX, prosiguió su lucha contra la dictadura a través de los sindicatos clandestinos. Así se mantuvo hasta la noche de San Juan de 1967; año en que el presidente René Barrientos Ortuño y las Fuerzas Armadas, al informarse de los preparativos y las intenciones del Ampliado Minero, movilizaron a las tropas del ejército para ocupar los distritos de Catavi, Llallagua y Siglo XX, intentando evitar el brote de un nuevo foco guerrillero en apoyo a la guerrilla del Che. 

Así fue como el 24 de junio, los soldados, secundados por los agentes del D.I.C., abrieron fuego al despuntar el alba. Los ocupantes dispararon a mansalva contra quienes se encontraban todavía atizando las fogatas, en tanto la artillería pesada, apostada en las faldas de los cerros, disparó morteros y bazucas contra las viviendas de Llallagua y los campamentos mineros. Los pobladores, sacudidos por el estampido de las granadas y el tableteo de las ametralladoras, pensaron que se trataba de dinamitazos y juegos artificiales propios de la festividad; mas luego se dieron cuenta de que se desató una verdadera masacre, dejando un reguero de muertos y heridos.

Años después de aquel trágico suceso, y al volver a mirar esta fotografía, no pude resistir la tentación de escribir esta crónica, a partir de los recuerdos que guardé por mucho tiempo en el pozo de la memoria.

La imagen más nítida que conservó de Isaac Camacho es la del 24 de junio de 1967, cuando él, en su condición de vecino nuestro y en su afán de evadir la persecución, saltó por el muro del patio que daba a nuestra casa, donde fue recibido por los gruñidos del perro. La mañana estaba fría y no hacía mucho que había cesado la masacre.

Yo permanecía acostado en la cama, temblando de miedo como un cachorro mojado, hasta que Isaac Camacho abrió la puerta y dejó penetrar el soplo helado del viento; vestía un abrigo negro y un gorro hasta las cejas, tenía el cigarrillo humeándole en la boca, una mano en el bolsillo y los ojos cansados por la vigilia. Lo miré como a un hombre que inspiraba seguridad y optimismo, ese optimismo que irradian los seres de buena fe. Apoyó su hombro contra el marco de la puerta y allí permaneció callado, seguramente porque en ese instante atravesaba por su mente la idea de huir de sus captores, rompiendo el cerco de hierro que el ejército tendió alrededor de la población minera. Después habló con voz queda, casi suave, como si intentará esconder un secreto, mientras el humo del cigarrillo, formando espirales en el aire frío, se disipaba entre sus bigotes como un velo de gasa.

—Estos carajos han matado a hombres, mujeres y niños —dijo, refiriéndose a los soldados.

Mi padre se incorporó en la cama, apoyó la nuca en la pared y preguntó:

—¿Y la Radio? ¿Qué pasó con “Radio la Voz del Minero”

—La Radio fue intervenida militarmente —contestó.

En efecto, cuando mi padre movió el dial en procura de captar “Radio la Voz del Minero”, no se oía más que una música marcial, como una forma de manifestar la hostilidad del gobierno contra los trabajadores.

—Hay que cuidarse —dijo. Luego añadió—: Hoy mismo convocaremos a una asamblea en el interior de la mina.

Cerró la puerta y desapareció.

Dos días más tarde se supo que en una asamblea realizada en el nivel 411 del interior de la mina, considerado uno de los refugios más seguros para los dirigentes acosados por los esbirros de la dictadura militar, fue elegido miembro de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB); ocasión en la cual se ratificaron las demandas aprobadas en la reunión efectuada, el mismo día de la masacre, en Radio Pío XII: retiro de las tropas de las minas, devolución de la sede sindical y de “Radio la Voz del Minero”, respeto al fuero sindical, libertad para los dirigentes detenidos y confinados, indemnización a las viudas de los asesinados y exigencia para que no sean desalojadas del campamento, reposición de los salarios a los niveles de mayo del 65 y, como si fuese poco, se fijó también una cuota quincenal de diez pesos por obrero, para gastos del sindicato y para adquirir armas.

Desde ese día, 27 de junio, no volví a saber nada más de él ni volví a escuchar su nombre, sino hasta que un mes y una semana más tarde, exactamente el 30 de julio de 1967, mi padre, apenas terminé de tomar el desayuno, me alcanzó una frazada dándome instrucciones precisas:

—Llévale esta frazada a Isaac, que está viviendo cerca de la Plaza Nueva, en la casa de los Paredes, y no digas nada a nadie...

En ese instante, con la intuición propia de un niño, me di cuenta de que Isaac estaba oculto. Gané la calle, donde el viento soplaba con furia, y me encaminé hacia la casa de los Paredes. Toqué la puerta, la mirada alerta y llevando la frazada como una pelota entre los brazos. Al poco rato se abrió la puerta y, bajo la pálida luz del sol, salió a mi encuentro una mujer que, secándose las lágrimas y maldiciendo a gritos, dijo: “¡Esos desgraciados lo han apresado! ¡Correydile a tu papá que unos policías enmascarados se lo llevaron anoche en un jeep!...”.

Me quedé estupefacto, sin saber qué decir ni qué hacer. La dueña de casa, cuya expresión de sus ojos jamás olvidaré, se cubrió con su mantilla y trancó la puerta antes de que me retirara, la respiración ahogada en el pecho y la mirada perdida en la nada.

A partir de esa mañana, nunca más se volvió a saber de Isaac Camacho, salvo por los testimonios de algunos exprisioneros que especulaban haberlo visto encadenado en la cárcel de Purapura, pintando una ventana en la pared de la celda para dejar entrar la luz del día. Otros decían que lo vieron en Chonchocoro, el más famoso campo de concentración del país, donde los mercenarios del gobierno, que aprendieron a torturar en gatos y perros, acabaron con su vida.

Sin embargo, lo más probable es que lo tuvieron preso en las celdas del Ministerio del Interior, donde, por órdenes de la CIA y del entonces ministro Antonio Arguedas, lo torturaron hasta matarlo, para después fondearlo en el lago Titicaca desde lo alto de un helicóptero, el cuerpo ensangrentado y los pies embalsamados en un bloque de cemento.

Cuando los mineros y su esposa reclamaron por su ausencia, el Ministro del Interior dijo que el 9 de agosto fue embarcado rumbo a Argentina. Nada más falso. Se removió cielo y tierra, y no se lo volvió a encontrar ni vivo ni muerto. Desapareció para siempre ¿Qué han hecho con sus restos? Es la interrogante que perdura en la mente de quienes lo consideraban uno de los líderes más descollantes del movimiento obrero boliviano.

http://www.comibol.gob.bo/noticia/395-LUCHA_Y_DESAPARICION_DE_UN_DIRIGENTE_MINERO

Síguenos a través de:

facebook icontexto inside icon  twitter-logo-enelpc

Publicación Aquí 334

Visitas

24983444
Hoy
Ayer
Esta semana
Este mes
Total
8856
4598
38867
215781
24983444